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handle. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 3.3.0.) in /home/mochiladmin/lamochiladigital.com/wp-includes/functions.php on line 5315De toda la gama de sentimientos que puede experimentar un ser humano, el patriotismo es uno de los que considero más peligrosos y difíciles de racionalizar. Los seres humanos podemos experimentar apego, cariño, admiración y amor por personas, animales, objetos, y entre ese cúmulo de receptores de nuestra atención también podemos tener sentimientos por ese concepto nebuloso y ambiguo que denominamos “patria”.
Resulta casi imposible ubicar en un punto medio al patriotismo. El hermano mayor del regionalismo sirve para motivar y enaltecer a las personas; ha ayudado a que muchos pueblos se liberen de regímenes y opresión. Pero el patriotismo ha servido también para que muchos cándidos se rompan la crisma en guerras inútiles y tiene la tendencia de juntar cobijas con parientes bastante nocivos como la xenofobia y el fanatismo. A final de cuentas uno no entiende muy bien como algo que es producto absoluto del azar, como nacer en una región geográfica determinada, sea motivo de orgullo.
Yo, como muchos otros en Colombia, hago parte de la generación que comenzó a desarrollar su conciencia sobre la realidad que se vive en nuestro país no gracias a las lecciones de un profesor o a las revelaciones de un libro, sino a dos personajes: Martín de Francisco y Santiago Moure. Detrás del humor negro, bromas pesadas, doble sentidos y actuaciones hilarantes que conformaron “La Tele” y “El Siguiente Programa” se escondía de forma casi inconsciente una lección muy importante: el sentido de la autocrítica acompañado del cuestionamiento del orden establecido. Hoy en día considero la sátira y el humor negro como una de las manifestaciones más refinadas del entretenimiento y soy un ávido lector de textos de opinión.
Uno de los cuestionamientos que recuerdo haberme planteado a menudo es una frase que he escuchado desde que era niño por allá en los años ochenta. Esta frase no aparece en ningún libro ni en ningún documento oficial, pero es aceptada por todos nosotros como una verdad absoluta y, cómo no, es repetida por todos nosotros con orgullo:
Deténganse un momento, estimados lectores, para analizar lo hilarante de esa frase. ¿Porqué ocupó el segundo lugar?, ¿Quién carajos hace ese “rating de himnos”?, ¿Qué tiene la Marsellesa que lo hace superior al nuestro, o para el efecto, qué tiene por ejemplo el himno de Uganda que lo haga inferior al colombiano?, si seguimos haciéndonos esas preguntas empezamos a hundirnos en los turbios pantanos de la cosmología y la filosofía: ¿Qué criterios definen la belleza de un himno?, ¿Qué es belleza?, ¿Ser o no ser?, ¿Marcescible o Inmarcesible?. Entre más preguntas nos hacemos más confuso resulta el tema.
Ya entrados en gastos podemos aplicarle filosofía básica al asunto y someter esa frase a un famoso principio denominado “La navaja de Occam” (“Lex parsimoniae” para aquellos estudiantes de derecho que en vez de estar estudiando se encuentren leyendo este blog). Este principio establece que “La explicación más simple a un fenómeno es generalmente la mejor”; bajo ese criterio, el concepto de que nuestro himno es el segundo mejor del mundo tiene una explicación muy sencilla: No es verdad. Es doxa, para usar una palabra que no había tenido oportunidad de incorporar en una frase desde la universidad y aprovechando que estoy dándomelas de filósofo; es sencillamente absurdo pensar que hay un rating global de himnos nacionales y que en ese rating, luego de deliberaciones en todos los países se llegó a esa conclusión.
¿Porqué asumimos que semejante exabrupto es cierto?, pienso que es una combinación de dos factores. Imagínense que a alguien se le ocurriera la idea de hacer un rating que se llamara “el (la) hijo(a) más lindo(a) del mundo”. Podría apostar medio petaco de cerveza a que hay un 99% de probabilidades de que todos los habitantes del planeta quedaríamos “segundos después de Angelina Jolie y/o Brad Pitt”; después de todo, una mamá o un papá tendrían que ser muy descorazonados como para decir que su hijo(a), cuando mucho quedaría entre los primeros mil trescientos millones. El otro factor ya lo había mencionado en un artículo anterior, donde explicaba la candidez que nos afecta de manera profunda a los colombianos en la Internet: no sería descabellado pensar que la combinación de patriotismo con candidez mande al traste nuestro en apariencia afilado sentido de malicia indígena.
Cuando los medios nacionales empezaron a difundir la noticia de que un periódico inglés había hecho una selección de los peores himnos nacionales del mundo, y que el nuestro había ocupado el sexto lugar en esa clasificación me imaginé la sorpresa en la cara de muchísimos colombianos. Lo que no alcancé a imaginarme fue que la indignación llegara a tal punto, que, sin tener una idea exacta de quién había sido el autor del artículo, muchos de estos colombianos decidieran intervenir ante esta falsa afrenta amenazando a quien creyeron había sido el infame que osó mancillar nuestro distorsionado sentido de la realidad.
No sé que me parece más vergonzoso: Que seamos tan cándidos como para creer que nuestro himno nacional, cuya música ni siquiera fue compuesta por un compatriota, sino por un inmigrante italiano, Orestes Sindici, quien por cierto ni siquiera estudió música en nuestro país – se graduó de la Academia Nacional de Santa Cecilia en Roma- y cuya letra tiene frases tan rocambolescas como “En átomos volando”, “Un genio de la gloria”, y cómo no, “Derrama las auroras de su invencible luz”; o el hecho de que seamos capaces de lanzar amenazas contra alguien que tuvo el infortunio de aparecer erróneamente como el autor de un escrito sarcástico -y muy flojo, eso lo admito- pero sarcástico a final de cuentas.
¿Quieren saber en qué rankings nos destacamos en el exterior?, vayan a la versión de Wikipedia en inglés y busquen la lista de asesinos en serie por número de víctimas. Nuestro país no sólo ocupa el primer lugar, sino además el segundo y el tercero con el agravante de haber alcanzado esas posiciones con uno de los crímenes más aberrantes: matando niños. Ocupamos además el quinto lugar entre los países con mayor desigualdad social en el continente, sin que nada de esto nos produzca la más mínima indignación. Pero ay de aquel infame que se atreva a sacarnos de ese estado de estupor auto-inducido cuestionando nuestra disonancia cognoscitiva, porque se ganará nuestra ira ciega y nuestras amenazas.
No es nada difícil entender a donde nos lleva el ejercicio de hacer un ranking de himnos nacionales. Tomemos como ejemplo este vídeo de YouTube. El título es “los 6 himnos nacionales más bellos del mundo”. Si tienen ojo avizor notarán que la traducción al español del título en los primeros fotogramas del vídeo no dice “6” sino “5”. La descripción en inglés nos revela que esta lista proviene de “una encuesta realizada con los más renombrados músicos y compositores alrededor del mundo entre 2008 y 2010”, sin citar ninguna fuente, claro está. ¿El ganador?, el himno nacional de la república del Perú. ¿A que no adivinan de qué nacionalidad es el autor de este vídeo?, aquí les va una pista: si pensaron que era Mozambique se equivocaron. Elevemos la dificultad de este ejercicio usando un ejemplo mucho más formal; veamos este álbum disponible para la venta en iTunes, la tienda musical de Apple: Los 16 mejores himnos nacionales del mundo, interpretados por la orquesta filarmónica de Orlando, Florida. El ganador en esta lista es “The Star Spangled Banner”, el himno nacional de los Estados Unidos. ¿Qué coincidencia, verdad? lo más divertido es que la empresa productora de este álbum es canadiense, lo que muy, muy probablemente explica por qué el himno de Canadá aparece como el número 4 de la lista. No es nada difícil preguntarnos “¿Qué clase de mal patriota se atreve a decir que el himno nacional de su país no es el más bello del mundo?”. Lo que sí es difícil es cuestionar “¿Qué clase de idiota hace una lista de los mejores himnos nacionales del mundo?” o peor aún “¿Qué clase de idiota cree que una lista semejante pueda tener alguna validez?”. Por eso, el himno nacional de nuestra querida República de Colombia se ha ganado el premio “Pero qué carajo” de la Mochila Digital para este mes.
]]>Son las tres de la mañana, hora que se convirtió tras varios años de experiencia en mi favorita de la jornada laboral. El silencio de la ciudad, sumado al suave rumor de los ventiladores de mi computadora se convierten en tremendos alicientes de la creatividad y la productividad. No suenan teléfonos, ningún carro pita como si fuera el fin del mundo, todos los pájaros, perros, humanos y demás entes ruidosos duermen apaciblemente mientras la eterna taza gigante de tinto permanece a mi lado. Rebosante de felicidad, ya que después de muchos tires y aflojes, de visitas y llamadas, de discusiones y regaños, por fin, estoy terminando el arte final de mi mejor cliente, para quien el Guernica de Picasso es un cuadro “demasiado gris” y la Mona Lisa es “muy plana”; Para quien las obras de Kandinsky resultan ser “triangulitos desordenados”, la escuela de Bauhaus le parece “muy floja” y los brillos, sombras y texturas del diseño Web 2.0 le parecen “muy ochenteros”, en fin, el arte final para el cliente más exigente que he tenido en mi carrera, quien me ha advertido que si no tiene el trabajo en su bandeja de entrada a primera hora de la mañana será públicamente despedido, humillado y castigado con pescozones y cachetadas delante de toda la junta directiva de la empresa. Sólo me queda adjuntar el archivo en el mensaje y enviar el correo electrónico que dará fin a otro día satisfactorio.
Justo cuando me dispongo a enviar el correo noto algo extraño, todos los iconos de mensajería instantánea aparecen grises, con cara de dormidos y el icono de conexión de red aparece desconectado. Al agacharme para ver debajo del escritorio descubro con horror que mi cablemódem, ese aparato negro y mágico, que debería estar lleno de luces verdes parpadeantes como árbol de navidad abstracto, sólo tiene una lánguida luz que parpadea lentamente, como si estuviera acongojado por algo (¿Algún kilobyte ingrato que lo dejó plantado?). Sin ninguna otra alternativa, y a fin de evitar bofetadas y pellizcos innecesarios tomo el teléfono y me dispongo a llamar a mi ISP (proveedor de servicio de Internet por sus siglas en inglés) para que solucionen mi dilema.
De inmediato escucho un estridente y saturado reggaetón, o al menos eso parece ser. Jamás he entendido porqué las empresas usan música en sus líneas telefónicas, teniendo en cuenta que los mini-auriculares de baja calidad de los teléfonos modernos ni siquiera pueden transmitir claramente la voz humana, mucho menos música y muchísimo menos ese batifondo repetitivo, cacofónico y ordinario llamado reggaetón.
Tras escuchar lo que parecía ser el primer verso y el coro de la canción escucho una voz masculina con una alegría artificial, exagerada, como de pastor de iglesia de garaje:
Tal vez en otro momento, con unos (muchos) tragos en la cabeza estaría yo dispuesto a escuchar con paciencia unos 10 segundos de una canción de esa calaña, pero con la inminente primera hora de la mañana cada vez más cerca, el black-metalero que habita en mi corazón desde hace dos décadas empieza a crujir los dientes. Finalmente la tortura termina (o eso creí en ese momento) y escucho la voz robótica femenina con el menú de opciones:
Y de nuevo la andanada de vulgaridades de Yorbléitor acomete contra mis oídos, aunque esta vez a un volumen más bajo. De nuevo la voz alegroide masculina me informa que ahora dispongo de un nuevo servicio llamado “televisión 2.0” el cual consiste en un aparato que instalan encima de mi receptor de TV tradicional y con el que además de ver televisión convencional puedo ahora tener un flamante control remoto adicional que me permite… Cambiar los canales. Ah, y escuchar música a través de mi televisor, lo cual me parece aún más absurdo que escuchar música a través del teléfono. Tras seis o siete silencios que interpreto como pausas entre canción y canción, ya que todas suenan exactamente igual, me saluda una especie de ente de dos cabezas, un yin y yang del servicio al cliente. Una de las cabezas habla con la voz femenina robótica y otra voz, de hombre, con la más genuina versión del lunfardo criollo:
Teniendo en cuenta que ya he perdido más de media hora esperando y que de todas maneras lo único que necesito son unos minutos de conexión para poder enviar un correo electrónico, guardo silencio esperando al operador, mientras el ataque (musical) de los sírial réipist continúa incesantemente. Pasados otros quince minutos, por fin escucho un ser humano, no una grabación al otro lado de la línea:
Supongo que tendré que recibir por endoso las cachetadas y pescozones de mi cliente.
]]>En el vídeo la Srta. Colette primero intenta infructuosamente durante dos minutos de abrir una lata de espaguetis hasta que lo consigue. Nada inusual hasta este punto. Lo extraño comienza después cuando mezcla el contenido de la lata con algo negro que tiene en una sartén, para luego seguir con un poema que ni siquiera vale la pena traducir a su totalidad en español, básicamente dice “El mundo es una mierda, todo es una mierda” mientras se restriega la mezcla de pasta en la camiseta ante la mirada entre aburrida, burlona y extrañada de los asistentes a este “evento”. El poema rápidamente degenera en unos balbuceos sin sentido y cuando creemos que nada más va a pasar, esta muchacha saca unas tijeras, corta la parte de la ingle de su pantalón y… bueno, el resto es un poco escatológico para describirlo. Al final, cuando uno se imagina que la audiencia la saludará con una andanada de insultos o el silencio más glacial, ocurre todo lo contrario y recibe una absolutamente inmerecida salva de aplausos. Recuerdo mis años de universidad en los que fuí testigo de un par de actos de esta naturaleza; algunos eran aburridos, otros pretenciosos, pero ninguno tan increíblemente estúpido y demencial como este. Si eso es arte, entonces el arte ha muerto para mí. Sin más preámbulos, los dejo con “Semiótica Interior”:
Quienes han leído mi artículo sobre el iPhone recordarán que no soy muy aficionado a nada que provenga de Apple por una muy sencilla razón: Sus productos son la “barbie” de la tecnología, muy lindos por fuera, y hechos de plástico barato e inservible por dentro. Como sé que hay muchos lectores del blog que me consideran un alienado por tener semejantes pensamientos tan desviados de esta noble compañía, les presento esta prueba de la calidad de Apple: TechRadar informa que el flamantísimo iPhone 4, recién lanzado al mercado sufre de un “problemita menor”: Al poner un dedo sobre la esquina del teléfono, este pierde completamente la señal. Yo vuelvo e insisto, ni el peor modelo de los teléfonos “flecha” es lanzado al mercado con semejantes fallas de diseño y manufactura. Ahí verán ustedes si quieren pagar algo más de un millón de pesos por un teléfono que no los va a dejar hacer llamadas si llegan a cometer el error de tomarlo en sus manos.
]]>Advertencia: Considero mi deber informarles que la mochila digital es escrita por una persona que desde niño prefería tipear comandos de DOS en un PC 80386 (IBM compatible) antes que montar bicicleta o patines. Que sabía formatear un disco duro de 10 megabytes antes de aprender matemáticas, geometría e historia en el colegio. Que a mediados de los años ochenta entregaba los trabajos de cuarto de primaria recién salidos de una impresora de matriz de punto y hechos en WordStar 3.0. Que soñaba con una unidad de disco de 1.44 megabytes antes que un Nintendo o atari como regalo de navidad, en fin un completo fanático de la plataforma PC, por lo que los fanáticos de Apple pueden sentirse algo ofendidos por este post.
Y por fin llegó el famosísimo iPhone 3G a nuestra patria, estimados lectores. De manera legal, quiero decir porque el mítico teléfono de Apple ya estaba en la tierra de los fríjoles, el ajiaco y el sombrero vueltiao casi desde antes que su primera versión saliera en los Estados Unidos. Y como toda celebridad internacional (viva o inerte) que pisa nuestro país, el iPhone llegó acompañado de todo un show mediático: Personas acampando horas antes de que las tiendas abrieran, reportajes en noticieros, boletines especiales en periódicos y la comidilla de todos aquellos deseosos de estrenar este costoso juguete. A toda hora y en todo lugar a donde llego es el único tema de conversación; que cómo es de bonito el teléfono, que cómo es de “espectacular” la tecnología, que el precio es muy alto porque uno lo puede comprar en Internet más barato… En fin, debo confesar que ya me siento algo mareado de tanto oír nombrar el “aifón” por todas partes, y ya empieza a irritarme un poco que algunos amigos, especialmente aquellos que no son tan adictos a la tecnología me pregunten cada vez que me ven “que si me voy a comprar uno”. La respuesta es No, no quiero gastar un millón de pesos por un aparato que es el equivalente a esos jeans de marca que venden en tiendas de moda por un dineral que son hechos por el mismo operario en Taiwan que fabrica los jeans que venden a una fracción del precio en almacenes de rebajas y en San Andresito. Así que para aquellos que ya tienen uno, o quieren comprarlo, pero tienen dudas, aquí les van mis 8 razones por las cuales no se debe comprar un iPhone:
1.- El iPhone usa tecnología 3G, lo que prácticamente lo inutiliza en nuestro país.
De los tres operadores de telefonía celular en Colombia, solo uno ofrece esta tecnología en sus equipos (pista: no es una empresa española), y cobra estos servicios como si cada kilobyte de datos fuera traído por un mensajero en bicicleta desde Villavicencio. Básicamente 3G se puede resumir en 2 ventajas: Videollamadas y velocidad de transferencia superior para conexiones de datos. El iPhone no soporta videollamadas (lo cual me parece increíble, dado el costo del teléfono) y el costo prohibitivo del acceso a Internet desde un celular hace que simplemente no valga la pena la inversión por la poca retribución que se obtiene.
2.- Hay que llevarlo a un servicio técnico para algo tan simple como cambiar una batería
Hasta el más básico y primitivo de los “flechas” -como llamamos de forma tan clasista a los celulares baratos- le permite a su propietario reemplazar la batería cuando esta se agota o se daña. El dueño de un iPhone tiene 2 alternativas: O lo lleva a un servicio técnico autorizado, donde le van a cobrar el “arreglo” como si la batería fuera hecha de adamantio y esmeraldas derretidas; o lo lleva a un servicio técnico no tan autorizado, donde el teléfono tiene una alta probabilidad de dañarse, debido en parte a la delicadeza de los componentes. ¿Desde cuando cambiarle la pila a un teléfono es un arreglo?
3.- La cámara es de muy baja resolución, no tiene flash y no graba vídeo
Esta razón se explica por sí misma. Existen muchísimos teléfonos que a una fracción del costo de un iPhone ofrecen características muy superiores en esta área. Mi teléfono, que tiene más de 2 años de edad (que en términos de telefonía celular quiere decir viejísimo) graba vídeos y tiene una cámara de casi la misma resolución.
4.- iPhone + Música = iPod + iTunes
Tal como lo mencioné en la advertencia al inicio de este post, no soy muy fanático de Apple. Me he resistido particularmente a instalar iTunes en mi PC porque me parece un programa muy invasivo para lo que hace (reproducir música), y si quisiera comprar un dispositivo para escuchar canciones en formato digital, pues invertiría mejor ese dinero en un iPod, que viene con una capacidad de 80 gigabytes al mismo precio del iPhone de “tan sólo” 8 gigabytes.
5.- No Java y No Flash = No diversión
Existen literalmente millones de aplicaciones para teléfonos celulares desarrolladas usando Java y Adobe Flash Lite. Desde juegos hasta hojas de cálculo, pasando por clientes de mensajería instantánea, calendarios, protectores de pantalla, etc. Aunque Java y Flash no son un estándar, sí son dos de las plataformas de desarrollo de mayor expansión en lo que a contenidos para celulares se trata, y aunque no es un factor muy grande de desventaja para Apple, sí me decepciona un poco que hayan decidido cerrarle la puerta a muchos desarrolladores al inclinarse por aplicaciones basadas exclusivamente en la plataforma SproutCore.
6.- Soporte Bluetooth muy limitado
Bluetooth es una tecnología inalámbrica que permite la comunicación entre 2 o más dispositivos electrónicos mediante “perfiles” de uso. Existen aproximadamente 25 perfiles de Bluetooth (también llamados “servicios”) que facilitan la conexión entre aparatos. De estos perfiles, el iPhone sólo soporta 2: HFP y HSP (perfil de manos libres y perfil de audífonos, por sus siglas en inglés), lo que reduce drásticamente el número de dispositivos que se pueden conectar con un iPhone. Para continuar con la “odiosa” comparación, mi viejísimo teléfono puede conectarse con un PC y servir de módem para acceder a Internet o transferir archivos, puede también conectarse con unos audífonos estéreo para escuchar música, puede transferir archivos entre teléfonos, o conectarse a una red de área local para descargar correos electrónicos, todo esto a través de Bluetooth. El iPhone no tiene ninguna de estas funciones.
7.- Para un teléfono tan avanzado, es casi cómico que no se pueda copiar y pegar texto
Hasta las calculadoras que las ferreterías regalan a sus clientes en diciembre permiten copiar un número en la memoria para reutilizarlo después. El iPhone simplemente no tiene esta función.
8.- Hay que comprar una aplicación por separado para tener marcado por voz.
Otra razón que se explica a sí misma. Prácticamente todos los demás teléfonos del mercado tienen incluida una función nativa para marcar por voz, menos el iPhone, lo cual es lamentable, especialmente para un teléfono que no tiene botones, lo que obliga a sus usuarios a mirar la pantalla para hacer una marcación (prepárense para ver narices rotas y vehículos estrellados de infortunados usuarios de iPhone que estaban concentrados tratando de hacer una llamada).
Hay que ser justos, no todo es tan negativo para el iPhone: El diseño es arrebatador, la interfaz de usuario es las más intuitiva y fácil de manejar de todos los teléfonos celulares, y la calidad del sonido al escuchar música es simplemente incomparable. El iPhone es sin duda el teléfono ideal para “chicanear” y ser la envidia de amigos y compañeros de trabajo y estudio. Pero si usted busca en un teléfono celular una herramienta integral de trabajo con la mayor cantidad posible de funciones y “gadgets”, que sea altamente compatible con diferentes tecnologías y a un precio asequible, lo mejor es que se incline por un teléfono superior (pista: los fabrican en Finlandia y “concetan gente” jejeje)
Fuentes:
http://apcmag.com/top_10_reasons_to_hate_the_iphone_3g.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/3G
http://discussions.apple.com/thread.jspa?threadID=1553097&tstart=105
http://en.wikipedia.org/wiki/SproutCore
http://www.iphonefaq.org/archives/9731
http://www.iphonebuzz.com/iphones-bluetooth-is-dumb-purposely-crippled-or-both-151188.php
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