De toda la gama de sentimientos que puede experimentar un ser humano, el patriotismo es uno de los que considero más peligrosos y difíciles de racionalizar. Los seres humanos podemos experimentar apego, cariño, admiración y amor por personas, animales, objetos, y entre ese cúmulo de receptores de nuestra atención también podemos tener sentimientos por ese concepto nebuloso y ambiguo que denominamos “patria”.
Resulta casi imposible ubicar en un punto medio al patriotismo. El hermano mayor del regionalismo sirve para motivar y enaltecer a las personas; ha ayudado a que muchos pueblos se liberen de regímenes y opresión. Pero el patriotismo ha servido también para que muchos cándidos se rompan la crisma en guerras inútiles y tiene la tendencia de juntar cobijas con parientes bastante nocivos como la xenofobia y el fanatismo. A final de cuentas uno no entiende muy bien como algo que es producto absoluto del azar, como nacer en una región geográfica determinada, sea motivo de orgullo.
Yo, como muchos otros en Colombia, hago parte de la generación que comenzó a desarrollar su conciencia sobre la realidad que se vive en nuestro país no gracias a las lecciones de un profesor o a las revelaciones de un libro, sino a dos personajes: Martín de Francisco y Santiago Moure. Detrás del humor negro, bromas pesadas, doble sentidos y actuaciones hilarantes que conformaron “La Tele” y “El Siguiente Programa” se escondía de forma casi inconsciente una lección muy importante: el sentido de la autocrítica acompañado del cuestionamiento del orden establecido. Hoy en día considero la sátira y el humor negro como una de las manifestaciones más refinadas del entretenimiento y soy un ávido lector de textos de opinión.
Uno de los cuestionamientos que recuerdo haberme planteado a menudo es una frase que he escuchado desde que era niño por allá en los años ochenta. Esta frase no aparece en ningún libro ni en ningún documento oficial, pero es aceptada por todos nosotros como una verdad absoluta y, cómo no, es repetida por todos nosotros con orgullo:
“El himno nacional de la república de Colombia es el segundo más bonito del mundo después de la Marsellesa”
Deténganse un momento, estimados lectores, para analizar lo hilarante de esa frase. ¿Porqué ocupó el segundo lugar?, ¿Quién carajos hace ese “rating de himnos”?, ¿Qué tiene la Marsellesa que lo hace superior al nuestro, o para el efecto, qué tiene por ejemplo el himno de Uganda que lo haga inferior al colombiano?, si seguimos haciéndonos esas preguntas empezamos a hundirnos en los turbios pantanos de la cosmología y la filosofía: ¿Qué criterios definen la belleza de un himno?, ¿Qué es belleza?, ¿Ser o no ser?, ¿Marcescible o Inmarcesible?. Entre más preguntas nos hacemos más confuso resulta el tema.
Ya entrados en gastos podemos aplicarle filosofía básica al asunto y someter esa frase a un famoso principio denominado “La navaja de Occam” (“Lex parsimoniae” para aquellos estudiantes de derecho que en vez de estar estudiando se encuentren leyendo este blog). Este principio establece que “La explicación más simple a un fenómeno es generalmente la mejor”; bajo ese criterio, el concepto de que nuestro himno es el segundo mejor del mundo tiene una explicación muy sencilla: No es verdad. Es doxa, para usar una palabra que no había tenido oportunidad de incorporar en una frase desde la universidad y aprovechando que estoy dándomelas de filósofo; es sencillamente absurdo pensar que hay un rating global de himnos nacionales y que en ese rating, luego de deliberaciones en todos los países se llegó a esa conclusión.
¿Porqué asumimos que semejante exabrupto es cierto?, pienso que es una combinación de dos factores. Imagínense que a alguien se le ocurriera la idea de hacer un rating que se llamara “el (la) hijo(a) más lindo(a) del mundo”. Podría apostar medio petaco de cerveza a que hay un 99% de probabilidades de que todos los habitantes del planeta quedaríamos “segundos después de Angelina Jolie y/o Brad Pitt”; después de todo, una mamá o un papá tendrían que ser muy descorazonados como para decir que su hijo(a), cuando mucho quedaría entre los primeros mil trescientos millones. El otro factor ya lo había mencionado en un artículo anterior, donde explicaba la candidez que nos afecta de manera profunda a los colombianos en la Internet: no sería descabellado pensar que la combinación de patriotismo con candidez mande al traste nuestro en apariencia afilado sentido de malicia indígena.
Cuando los medios nacionales empezaron a difundir la noticia de que un periódico inglés había hecho una selección de los peores himnos nacionales del mundo, y que el nuestro había ocupado el sexto lugar en esa clasificación me imaginé la sorpresa en la cara de muchísimos colombianos. Lo que no alcancé a imaginarme fue que la indignación llegara a tal punto, que, sin tener una idea exacta de quién había sido el autor del artículo, muchos de estos colombianos decidieran intervenir ante esta falsa afrenta amenazando a quien creyeron había sido el infame que osó mancillar nuestro distorsionado sentido de la realidad.
No sé que me parece más vergonzoso: Que seamos tan cándidos como para creer que nuestro himno nacional, cuya música ni siquiera fue compuesta por un compatriota, sino por un inmigrante italiano, Orestes Sindici, quien por cierto ni siquiera estudió música en nuestro país – se graduó de la Academia Nacional de Santa Cecilia en Roma- y cuya letra tiene frases tan rocambolescas como “En átomos volando”, “Un genio de la gloria”, y cómo no, “Derrama las auroras de su invencible luz”; o el hecho de que seamos capaces de lanzar amenazas contra alguien que tuvo el infortunio de aparecer erróneamente como el autor de un escrito sarcástico -y muy flojo, eso lo admito- pero sarcástico a final de cuentas.
¿Quieren saber en qué rankings nos destacamos en el exterior?, vayan a la versión de Wikipedia en inglés y busquen la lista de asesinos en serie por número de víctimas. Nuestro país no sólo ocupa el primer lugar, sino además el segundo y el tercero con el agravante de haber alcanzado esas posiciones con uno de los crímenes más aberrantes: matando niños. Ocupamos además el quinto lugar entre los países con mayor desigualdad social en el continente, sin que nada de esto nos produzca la más mínima indignación. Pero ay de aquel infame que se atreva a sacarnos de ese estado de estupor auto-inducido cuestionando nuestra disonancia cognoscitiva, porque se ganará nuestra ira ciega y nuestras amenazas.
No es nada difícil entender a donde nos lleva el ejercicio de hacer un ranking de himnos nacionales. Tomemos como ejemplo este vídeo de YouTube. El título es “los 6 himnos nacionales más bellos del mundo”. Si tienen ojo avizor notarán que la traducción al español del título en los primeros fotogramas del vídeo no dice “6” sino “5”. La descripción en inglés nos revela que esta lista proviene de “una encuesta realizada con los más renombrados músicos y compositores alrededor del mundo entre 2008 y 2010”, sin citar ninguna fuente, claro está. ¿El ganador?, el himno nacional de la república del Perú. ¿A que no adivinan de qué nacionalidad es el autor de este vídeo?, aquí les va una pista: si pensaron que era Mozambique se equivocaron. Elevemos la dificultad de este ejercicio usando un ejemplo mucho más formal; veamos este álbum disponible para la venta en iTunes, la tienda musical de Apple: Los 16 mejores himnos nacionales del mundo, interpretados por la orquesta filarmónica de Orlando, Florida. El ganador en esta lista es “The Star Spangled Banner”, el himno nacional de los Estados Unidos. ¿Qué coincidencia, verdad? lo más divertido es que la empresa productora de este álbum es canadiense, lo que muy, muy probablemente explica por qué el himno de Canadá aparece como el número 4 de la lista. No es nada difícil preguntarnos “¿Qué clase de mal patriota se atreve a decir que el himno nacional de su país no es el más bello del mundo?”. Lo que sí es difícil es cuestionar “¿Qué clase de idiota hace una lista de los mejores himnos nacionales del mundo?” o peor aún “¿Qué clase de idiota cree que una lista semejante pueda tener alguna validez?”. Por eso, el himno nacional de nuestra querida República de Colombia se ha ganado el premio “Pero qué carajo” de la Mochila Digital para este mes.
Pura realidad “inmar”…es que no se ni como se escribe!! y creo estimado editor que el ublime solo lo hizo Shakira con el animo de embellecer la pieza musical y que ocupara de una vez y para siempre el numero uno de las listas de los mas bellos himnos del mundo.